Couserans, donde el Pirineo francés guarda sus historias
8 de octubre de 2026
Saint-Lizier, la sosegada capital histórica del Couserans.
Por el retrovisor va quedando atrás Saint-Girons, algo caótico e incómodo para circular. Por delante, la carretera asciende hasta un aparcamiento sombreado. En Saint-Lizier manda la calma. Abajo queda la capital administrativa del Couserans, una ciudad de servicios y trasiego. Arriba, su capital histórica, antigua sede del poder religioso y hoy principal centro turístico de la comarca. Las calles no son exclusivamente peatonales, pero los vecinos están acostumbrados a compartirlas con visitantes que deambulan sin prisa por la vieja ciudad.
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La oficina de turismo está donde debe estar, a la entrada de la población y dentro de un edificio del siglo XVIII. El responsable de la oficina, tras explicarnos en un perfecto español los principales puntos de interés del Couserans, nos invita a esperar unos diez minutos. Pasado ese tiempo, nos abre una puerta tras la que nunca habría imaginado encontrar el Hôtel-Dieu. Este no recibía a incipientes turistas, sino a los más necesitados, ya que funcionaba como un hospital religioso. Su amplio porche, su jardín y sus escalinatas pueden generar una impresión errónea. Su ordenada farmacia te presenta la realidad. Al salir a la calle y dar la vuelta al edificio, te encuentras con una de las joyas de Saint-Lizier, el único claustro románico conservado en todo Ariège. Treinta y ocho capiteles, treinta y ocho historias.
Saint-Lizier no es muy grande, pero es fácil perderse por sus calles. Casas con entramados medievales, pequeños jardines, contraventanas de colores pastel, callejones llenos de flores y soportales con una agradable sombra. También aparecen pequeños comercios reconvertidos, como la antigua tienda de cerámica donde hoy se sirven cafés y deliciosos helados naturales, y varias galerías de arte cuyos artistas te invitan a conocer su obra.
Tras entrar en el antiguo presbiterio, donde exponía Daniel Perreu, mis ojos acabaron en una ventana. Le pedí amablemente permiso para fotografiarla y, aunque su asentimiento no fue muy efusivo, no dudé en hacerlo. Hubo otras ventanas durante la visita. Todas parecían conectar los interiores con la naturaleza que rodea Saint-Lizier, con el río Salat a sus pies y los Pirineos ocupando todo el horizonte.
Sobre la colina emerge la figura del antiguo palacio de los obispos. Mientras entrábamos en el museo, los comensales del restaurante Le Carré de l’Ange abandonaban el edificio. Por su aspecto, parecían salir de una comida de empresa. O eso me pareció. Un rato antes, los precios de la carta ya me habían invitado a bajar hasta La Grange de la Cité. Uno de sus lemas me llamó la atención. «No somos cocineros, somos agricultores y ganaderos». Sus platos lo refrendaban.
Me costó salir de la cuarta planta. Si las ventanas de Saint-Lizier me mostraban el paisaje, aquella planta me hablaba de las personas que habitaron y habitan el Couserans, de sus tradiciones, de las culturas heredadas y de sus profundas historias. Todo parecía condensarse en una pared de color burdeos. Diversas imágenes mostraban sus espesos bosques, sus humildes casas, sus celebraciones, sus coloridos trajes tradicionales y un extraño zueco cuya puntera se prolongaba como un larguísimo cuerno.
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Seix, donde el mercado concentra la vida social del valle
Poco después del amanecer comienzan a llegar los murmullos de la Place de l’Allée, entremezclados con golpes metálicos y el trasiego de vehículos. Una gran carpa está casi terminada. Bajo ella, los recién llegados preparan sus mesas con caballetes y tableros. Tres burros salen de un pequeño remolque, mientras de diferentes coches empiezan a aparecer los más variados objetos.
Al otro lado del río, bajo la halle de la mairie, también se están montando diferentes paradas. Sus productos son más reconocibles. Quesos, embutidos, carne de cordero, miel, cervezas, licores y unas curiosas patatas de un tamaño inusualmente pequeño. El agricultor asegura que precisamente ahí se concentra su sabor. Un cartel las presenta como grenailles. Junto al amplio repertorio de productos locales aparece una parada de prendas de lana. A mitad de septiembre, parece que la chica se ha adelantado un poco. A esas alturas, ya había comprobado que merecía la pena estar en Seix un domingo por la mañana.
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Seix parece estar en medio de todo. El río Salat, el gran río del Couserans que nace en las faldas del Mont Rouch y entrega sus aguas al Garona al norte de Saint-Lizier, divide la población en dos mitades casi perfectas. En la margen derecha se encuentra la parte más nueva; en la izquierda, el centro histórico, dominado por un castillo cuyos imprecisos orígenes se sitúan en la Baja Edad Media. Desde entonces ejerció el control territorial de un entorno eminentemente comercial. Su ayuntamiento documenta incluso la presencia de aceite, sal y lana llegados desde el otro lado de los Pirineos entre los siglos XVI y XVIII.
Aquella mañana pudimos pasear entre personas que han recogido el testigo de tradiciones centenarias. Entre todo aquel movimiento, mi atención terminó en una partida de ajedrez. Uno de los vendedores de quesos retomaba su partida, frente a él, un niño y una niña que debían tener doce o trece años; la sonrisa bajo sus oscuras gafas anunciaba la victoria del comerciante. Pero esta no era sobre el tablero, era la satisfacción de apartar por un rato a aquellos dos chicos de una pantalla.
La escena se repitió de vuelta al otro lado del Salat. Bajo la carpa habían montado ya una pequeña feria del tejido asociativo del Haut-Salat. La trashumancia, los bailes regionales, los talleres de música clásica y la conservación del patrimonio compartían escenario con asociaciones de artes marciales orientales. Allí volví a encontrar a una niña jugando con adultos, esta vez a un curioso juego que no había visto en mi vida. Se llama juego de go y, al parecer, se practicaba en China hace tres mil años. Entre los dos adultos, la niña colocaba con gran destreza las fichas negras sobre el tablero.
Si el río Salat es la fachada de Seix, su afluente, el Esbints, es el Seix más íntimo. Es donde aparecen las contraventanas, los balcones de madera rojos, verdes, azules o barnizados. También aparecen los pequeños puentes que lo cruzan, las macetas repletas de flores, las enredaderas en las fachadas o las entradas de las casas que anuncian habitaciones de alquiler. Un prado, pequeños bancos y sillas en las calles son lugares de encuentro de los vecinos del casco histórico. Me fui con la sensación de que Seix sigue habitado. Posiblemente lo entendí mejor cuando llegué al siguiente destino.


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Bethmale, un lago rodeado de pueblos y tradiciones.
Cuando cae la tarde, el sol se retira y las sombras toman el lago de Bethmale. Enormes abetos y frondosas hayas convierten en casi nocturno el camino que lo circunda. Es hora de pasear, sentarse en cualquiera de sus bancos y observar la vida cotidiana del lago cuando se queda a solas. Algunos pájaros sobrevuelan el agua compitiendo con grandes truchas por las últimas moscas y mosquitos del verano. Al regresar, el silencio se rompe. Algunos pescadores conversan entre risas mientras cenan en la única casa rural del entorno. No molestan, dan vida a un paraje natural humanizado durante siglos.
A finales del verano, la caída de la tarde traía un brusco descenso de la temperatura. Comenzaron a salir los primeros luceros y, poco después, las estrellas se volvieron incontables bajo uno de los cielos menos contaminados de Europa. Era el momento del bosque; la fauna descansaba, pero algunos seguían despiertos. Durante toda la noche, por la claraboya abierta entró el combate verbal entre lechuzas y búhos.
Por la mañana, el aparcamiento se fue llenando poco a poco. En el lago comenzaron a dibujarse las escenas cotidianas. Los senderistas eran minoría y miraban los mapas, posiblemente decidiendo su destino. Los pescadores se aproximaban a una caseta de madera situada sobre un terreno elevado que domina todo el lago. Bethmale está catalogado como uno de los principales lugares de pesca de todo l’Ariège.
En poco tiempo, aquel lago ya no parecía el del día anterior. Un padre y un hijo parecían haber encontrado el mejor lugar. Dos parejas decidieron coger el rincón más idílico, una pequeña península que se adentra en el lago. Detrás de mí aparecieron tres amigos que entraban en la edad dorada. Pero mis ojos se entretuvieron en una tierna pareja que me hizo comprender aquel lugar.
Un niño de unos diez años no dejaba de dar saltos, alentando a quien debía de ser su abuelo. Algunas miradas se clavaban en él, supongo que por temor a que les espantara alguna pieza. Al niño le daba igual, a su abuelo también. Cargado hasta las trancas, lo seguía como podía y, al girarse, una sonrisa apareció en su rostro. En aquella escena me pareció reconocer cómo se transmiten las tradiciones, compartiendo tiempo entre abuelos y nietos. Era una manera de acercarme a Bethmale, un recóndito valle pirenaico que, aferrado a sus raíces, ha decidido no olvidar su pasado.
Tras abandonar el lago, la carretera desciende hacia el fondo del valle. Seis núcleos diseminados acogen a la población de Bethmale. Ayet es el primero y rompe el omnipresente verde del bosque con sus tejados de pizarra negra descansando sobre las viejas casas de un pueblo eminentemente agrícola. Minutos después, mientras comenzaba un paseo matinal, tuve la sensación de estar invadiendo un espacio que no me correspondía. Nada más lejos de la realidad. Sonrisas, bonjours o gestos de asentimiento me invitaban a conocer el lugar que siguen amando. Algunas escenas me hacían pensar en las segundas viviendas, una fachada recién pintada, un matrimonio barnizando las ventanas o un vecino cargando el coche, de vuelta a su posiblemente ajetreada vida. Muchas casas están cerradas, algunas desde hace tiempo, en los últimos censos aparecen unos 242 habitantes en todo el valle de Bethmale; a finales del siglo XIX eran casi dos mil. Durante el periodo de los años ochenta, algunas pedanías, rozaron el abandono.
Algunos balcones, que se mantienen en su sitio por una especie de milagro, contienen los útiles de un pasado que parece que no volverá. Cestos, azadas, palas, layas o lo que parece un antiguo yugo de tiro. El lavadero se ha convertido en un santuario del recuerdo: una lechera, un quinqué y unas viejas botas de montaña. Pero, sobre todo, destacan siete fotografías que penden del travesaño.
Un mural de la memoria colectiva de un pueblo. A la izquierda, decenas de niños y niñas posan con sus profesoras en diferentes cursos de los años cincuenta. A la derecha, reconozco los trajes multicolores que había visto en las imágenes del museo de Saint-Lizier, nacidos posiblemente en las primeras décadas del siglo XIX y confeccionados principalmente con materiales locales como la lana y el lino. Hoy, dos grupos folclóricos recorren Francia y viajan al extranjero exhibiendo el traje bethmalés y ejecutando danzas y cantos transmitidos entre generaciones.
Unos kilómetros más abajo aparece el pequeño núcleo de Aret. Apenas dos docenas de casas, reconstruidas en piedra y con balcones de madera nueva, que han perdido algo de autenticidad respecto a las de Ayet. Pero el pueblo encierra la historia más llamativa de Bethmale. En el centro está la plaza del Sabot. Un gran zueco construido en piedra vista me recordó la pared de color burdeos de Saint-Lizier. Recoge el agua de una fuente a modo de abrevadero y está adornado con una placa de bronce en la que aparecen un corazón y unas espigas, mientras su puntera se eleva hasta la parte superior de la plaza.
Los sabots son el complemento perfecto de los trajes festivos. Están decorados con cuero, grabados o clavos y sus largas punteras llegan a alcanzar los treinta centímetros, principalmente las de los modelos femeninos. Su compleja elaboración comienza con la elección de la madera de haya. Después hay que darle forma, vaciar el interior y pulirla hasta convertirla en una pieza única. La propia puntera no es un añadido, sino parte del mismo bloque de madera, y es ahí donde reside la principal dificultad de su elaboración.
Varias personas han decidido que este oficio no se pierda. Pascal Jusot, vecino de Aret, lo aprendió a finales del siglo XX. Hoy, treinta años después, transmite sus conocimientos a Barney Vander Cruyssen y Julien Cazalé, dos jóvenes artesanos de la madera. Del taller de Pascal Jusot llevan años saliendo estas piezas para grupos folclóricos, coleccionistas y museos. Si quieres uno, tendrá que ser por encargo.
Me agaché delante de un zueco situado al lado de la puerta de un jardín para fotografiarlo. En el interior, su propietaria trabajaba arreglando su pequeño huerto, dejó por un momento los aperos y se dirigió a nosotros. Agradeció la fotografía y nos explicó que aquel zueco lo había hecho ella. Es cierto que su punta era muy corta, pero creo que es un detalle sin importancia. Pascal Jusot ha fomentado el amor por las tradiciones entre sus vecinos. Le preguntamos por él. Había salido unos días; cuando está, suele enseñar a los visitantes su taller. El sino del viajero, habrá que volver.
Guzet, entre la estación de esquí y la inmensidad pirenaica.
A finales del verano, a los 1.500 metros del Prat de Mataou, el sol abriga más que calienta. En los alrededores del aparcamiento aparecen los últimos abetos antes de que, unos metros más arriba, el bosque dé paso a los grandes pastos que alimentan al ganado en época estival. Algunos de aquellos árboles rozan los cuarenta metros de altura y, entre sus troncos, se esconden numerosas casas de madera. Sus propietarios comienzan el ritual de prepararlas para el invierno, lija y barniz.
La estación de esquí alpino de Guzet nació en los años sesenta como transformadora del turismo invernal del Couserans. Su lejanía respecto a otras estaciones la hace casi imprescindible para la economía de la zona. Pequeños comercios y establecimientos hoteleros encuentran en aquel paisaje blanco una de sus grandes oportunidades. Pero sus cotas relativamente bajas, entre los 1.100 y los 2.100 metros, comienzan a mostrar signos de vulnerabilidad. El cambio climático ha traído en los últimos inviernos varios periodos de lluvia.
Desde el aparcamiento, una pista permite acceder al Col d’Escot. Mientras subo caminando me cruzo con cinco vehículos de bomberos, todos repletos de miembros del cuerpo y numeroso material de trabajo. Dos meses antes, un virulento incendio cercano había alarmado a todo el Couserans por haberse declarado en una zona de difícil acceso. El día anterior, en el lago de Bethmale, un cartel seguía anunciando que el GR10, que atraviesa el Pirineo francés de punta a punta, permanecía cortado por el peligro de desprendimientos provocado por el fuego. No sé si el encuentro fue casual, pero no lo creo.
La vista al sur desde el Col d’Escot se abre a la frágil inmensidad de una de las zonas menos frecuentadas de los Pirineos. Dos familias observan el horizonte con pequeños prismáticos. Una de ellas ha accedido con su camper 4×4. Buen lugar para pernoctar. Mientras ellos siguen buscando osos, mi memoria vuelve al muro burdeos del museo de Saint-Lizier. En la zona baja se exhibe una fotografía. Un hombre de ropa oscura y sombrero sujeta con una cadena a un oso con bozal. Es un montreur d’ours. La historia del Couserans hace ya algunos siglos que está ligada al oso.
Hace unos años, durante una de mis visitas a la zona, vi largas filas de hombres y mujeres con prismáticos de largo alcance, tanto en el Col d’Escot como en el Col de la Core. Hoy, aquel turismo de observación ha cambiado. Varias empresas de la zona recorren el territorio por pistas de montaña en busca de osos. Algunas, durante varias jornadas, incluso enseñan técnicas de rastreo e interpretación de indicios de presencia de fauna salvaje.
Vuelvo a la cota 1.500. Sus vistas merecen una larga parada. Sacar un par de sillas, vestirse con ropa de invierno y empezar a despedirnos del tórrido verano. Cuando el sol se esconde en su rumbo hacia el oeste, el crepúsculo vespertino se adueña del paisaje y retrasa la llegada de las estrellas. Nuevamente, el cielo del Couserans brilla con fuerza. Arriba, cerca del Col d’Escot, se encuentra el Observatoire du Cap de Guzet. Algunos miembros de la asociación Ciel d’Occitanie preparan la noche en dos grandes tipis, arropados por una de las visiones más mágicas del Couserans.
A la mañana siguiente observo al fondo del valle Aulus-les-Bains. Sus techos negros y sus casas de colores claros se dibujan casi imperceptiblemente, rompiendo el intenso color verde. A media mañana lo atravesamos de punta a punta por la D32. Hay tantas historias escritas en los arcenes de aquella carretera que necesitaré más tiempo. Sigo rumbo al final del Couserans. Todavía no había localizado un recuerdo del pasado.
Massat, la melancolía habitada del Couserans
En el área de autocaravanas de Massat no cabía ni una más. Ni siquiera en Saint-Lizier, el lugar más visitado, había tenido problemas aquellos días. Aparco en la parte trasera y pronto empiezo a entender los motivos. De la decena de vehículos allí estacionados, me apuesto algo a que solo un par serían capaces de arrancar. Los otros no están vacíos, hay vida dentro. Frente al área, al otro lado del camino, se extiende un gran campo dividido en pequeñas parcelas y plantaciones hortofrutícolas, donde se han instalado varias casetas de madera habitadas.
Lo que veía alrededor del área empezaba a encajar con la historia de Massat. El valle aparece ya documentado en la Alta Edad Media y, durante siglos, tuvo una importante actividad ligada al hierro. El carbón vegetal de sus bosques alimentaba las forjas catalanas donde se transformaba el metal. En el siglo XIX, más de 20.000 personas llegaron a vivir en el valle. Pero llega la Revolución Industrial y no hay revolución sin cambios profundos. Las forjas dejan de sostener aquella economía de montaña y comienza una brutal despoblación. Massat, principal población del valle, entra en el siglo XX con unos 3.000 habitantes y lo termina con menos de 600.
Hoy aquel proceso de despoblación lleva décadas revirtiéndose lentamente. Las casetas de madera, los huertos y algunas formas de vida que encuentro alrededor de Massat recuerdan a un movimiento conocido en Francia como retour à la terre, generado con fuerza a partir de los años setenta. Muchas veces se ha relacionado con los movimientos hippies, aunque el propio ayuntamiento de Massat suele matizar esa interpretación. Durante la visita me crucé con algunos vecinos en bicicletas cargadas con productos de los huertos. Jóvenes urbanos descontentos que buscan una nueva vida en contacto con la tierra y con su producción.
La rue de la Montagne y la Place de l’Église son dos pequeños paraísos para quien llegue allí con una cámara fotográfica. Tonos pastel, contraventanas coloridas, puertas de talleres y tiendas de artesanos. El repertorio de carteles del siglo pasado son pequeños monumentos a la memoria. Un café que sostiene solo tres letras, y además torcidas, es una obra de arte que no depende de ningún museo. Allí estaba el recuerdo que venía buscando. Allí estaba la melancolía habitada del Couserans.
La mayoría de los pequeños restaurantes solo abrían por la tarde. Me pareció un horario adaptado al ritmo del pueblo y de los alrededores, como si no esperaran visitas. Nos sentamos en el único bar que vimos abierto. Vaya, no voy a tocar la frase; creo que Sabina vive en mí. Por cierto, era uno de esos lugares que a quienes viajamos por carreteras nos hacen sentir como en casa, aunque solo tuvieran pizzas. Su pequeña terraza, frente a la carretera y a la Place de l’Église, se convirtió por un momento en un micromundo. Motoristas y ciclistas se mezclaban con personas que parecían llevar allí todos los años de su larga vida. A nuestro lado se sentó una chica alemana. Su forma de vestir la acercaba a la imagen de los recién llegados; junto a ella, sus padres.
Ni siquiera el mantel individual de papel que nos trajeron unos minutos después tenía desperdicio. Un cómic presenta dos personajes principales, un oso y un pastor. Ambos narran su particular vida a lo largo de las cuatro estaciones. El oso duerme en invierno y el pastor encierra el ganado, pero en verano coinciden en los altos prados de los Pirineos. No habla del conflicto que tantas veces llega a los periódicos, sino de convivencia y respeto. Ambos llevan siglos allí. Ambos deben coexistir.
No pudimos eludir un nuevo paseo de sobremesa por Massat antes de ir a buscar otras historias. Un par de horas después, mientras unas vacas nos despedían en el Col de Port y abandonábamos el Couserans, aquel mantel seguía en mi cabeza. Pensé que era el mejor resumen de lo que había visto aquellos días.